Yannis Palavós, el griego loco que escribe cuentos

Quienes acudieron con la expectativa de toparse a un señor de barba y túnica blanca que hablara de Platón y nadie más, quedaron viendo un chispero. En su lugar se encontraron con un inquieto cuarentón, lampiño, calvo, de tenis color naranja y unas vistosas medias de nubes azules, amarillas y grises, que de su compatriota seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles no dijo ni mu.

El escritor, guionista y traductor griego Yannis Palavós viajó 10.323 kilómetros desde la cuna de la civilización occidental y de la democracia con el propósito de participar en la XXIII Feria del Libro de Bucaramanga y aterrizar en un terreno no apto para quienes sufren de bibliofobia (miedo a los libros y la lectura): responder por qué contar cuentos en el siglo XXI. Que fue la misma pregunta que le plantearon en el Festival de Literatura en Atenas el pasado mes de junio.

Con frecuencia le ha sucedido que al caminar por las calles de su natal Tesalónica o Heraclión, aquellos que conocen su obra lo abordan y lo felicitan por su seudónimo Palavós, pero él de inmediato les explica que así esa palabra signifique loco, es su apellido paterno. Otros le indagan cuándo va a pasar de los cuentos a escribir algo ‘más sesudo’ como una novela o un voluminoso ensayo, como si este fuera un género menor o una especie de Cenicienta. A estos últimos les dice que los cuentos son en realidad una forma muy difícil de literatura, que está mucho más cercana a la poesía que a la novela o a la prosa larga. “Es un lugar privilegiado y es lo suficiente corto para que lo puedas disfrutar y después ir a tomarte un café”.

La materia prima de su literatura proviene del norte de su país, donde creció, que no es necesariamente la Grecia estereotípica que podemos conocer por Anthony Quinn y Zorba, el griego, o por otras obras de la cultura popular, sino que es específico de esa zona. Entonces lo que hace es traer esa experiencia local y regional para comunicar un sentimiento universal. Palavós viene de las montañas y si se atreviera a nadar en el mar lo más probable es que se ahogaría.

El campo en el que se mueve como pez en el agua es tomando lo provincial y cavando profundo para llegar a las cosas básicas que constituyen su experiencia, como son la esperanza, el duelo, la nostalgia, la desilusión, el gozo y la alegría, así como los procesos impostergables de la vida: nacer, crecer y morir. 

“La razón para contar cuentos en el siglo XXI ha sido la misma que en toda la historia, porque los cuentos y las historias en general se tratan de dos cosas: el corazón humano y el lenguaje. Y si el lenguaje cambia de un lugar a otro, por fortuna están los traductores allí. Mientras que el corazón humano, por el contrario, siempre es el mismo. Si un cardiólogo estuviera aquí podría identificar nuestro corazón con el mismo del Homo sapiens, que vino después del Neandertal hace milenios”, contextualiza Palavós.

¿Pero para qué escribir cuentos en un tiempo en que tantos adultos y niños no leen, sino que están subyugados por las redes sociales? Yannis asevera que “la gente lee cada vez menos porque hay una competencia creciente contra la literatura que no existía hace 50 años, pero la literatura sigue siendo la mejor manera para entenderte a ti mismo y dar sentido a tu experiencia y al mundo. La principal herramienta de la literatura es el lenguaje y este no es solamente una herramienta que usamos, sino toda la estructura de nuestro pensamiento”.

Palavós, que atravesó medio mundo y llegó a una ciudad tan caótica como la capital griega para realizar esta charla en la Sala Editorial con el docente Leonardo Gil Gómez, sostiene que aunque tengamos sustanciales distancias de tiempo o espacio y seamos tan diferentes, el color de la sangre que corre por las venas de un ateniense y de un bumangués es el mismo y la experiencia humana es la misma. “Queremos entender, queremos dar sentido, queremos consolar…”.

Palavós no habla ruso ni nació en siglo XIX, pero cuando lee al cuentista y dramaturgo Antón Chéjov se ve a sí mismo. Lo mismo le pasa con el checo Franz Kafka o con el novelista estadounidense William Faulkner.

Sin incomodarse cuando se le interroga si su país es primer mundo’, Palavós expresa que “Grecia posa de ser primer mundo y así se presenta ante los demás, pero en realidad no lo es. Grecia está mucho más cercana en términos culturales, sociales y económicos a los países de los Balcanes o de Oriente Medio, pero los griegos trabajan muy duro para esconder esa realidad”.

Advierte que no es que tenga nada contra los países balcánicos o los de Oriente Medio, que de por sí son pueblos culturalmente ricos y diversos, pero que lo ocurre con los griegos es que hay un complejo de inferioridad que les hace voltear a mirar a sus ancestros y quedarse en el pasado o a sus vecinos ricos de Europa para mirarse en ellos.

La contraseña robada

De la cantera de Palavós es el cuento “Contraseña”, para el que no tomó ni una letra de la Inteligencia Artificial, sino que en su totalidad es fruto de la Inteligencia Humana. “Durante dos veranos enteros cuando me iba al pueblo de vacaciones le robaba Internet al vecino. Al principio lo tenía abierto, sin clave. Cuando descubrió que alguien se lo robaba, le puso contraseña. Un día, en la cafetería, le pregunté por su fecha de nacimiento con la excusa de que quería saber su signo del zodíaco. Volví a casa y tecleé los números. Dos veranos estuve descargándome música. Hasta pensé en mandarle una tarjeta de felicitación por su cumpleaños. Hoy, 12 de junio de 2009, en cuanto me han dado permiso en el trabajo he cogido el autobús para ir al pueblo. Llego y veo en la casa de enfrente un ataúd. Le hablo por señas a mi madre. Lo atropelló un coche, dijo. Una injustica. ¡Tan joven! Subí a mi habitación, encendí el ordenador y tecleé la contraseña… seguía funcionando”.

Yannis señala que en el momento de escribir no se puede decir qué se quiere decir o qué se está haciendo, porque es algo de lo que quien lo hace se da cuenta en retrospectiva, ya que cada quien está creando. “Lo que sabía que quería trabajar en la historia era esta tensión entre tragedia y comedia, y cómo a través de ella se podía hablar de los momentos en los que la vida puede tener poco significado y a partir de cosas aleatorias. Pero hay algo de verdad en esta historia y es que cuando yo era joven e iba a visitar a mis padres, que son granjeros y no tenían Internet y nuestro vecino sí contaba con ese servicio porque era rico, yo trataba desesperadamente de robarle Internet. En la vida real nunca pude encontrar la contraseña correcta, así que en la ficción lo maté en venganza”.

Palavós es un loco por la literatura, pero también un confeso ladrón de contraseñas que no les da consejos a quienes se atreven a ‘cometer’ cuentos y solo repite lo que suele decir el cantautor, poeta y novelista canadiense Leonard Norman Cohen cuando le preguntan de dónde saca sus excelentes melodías y álbumes: “No sé. Si supiera de qué lugar vienen las buenas canciones iría más seguido a esa fuente”.

Pero como queda tentado, el irónico y melancólico Yannis recalca que hay que leer mucho y estar perdidamente enamorado del lenguaje como para querer narrar la vida a través de la escritura. Y le agrega dos condimentos: la manera en que se remata un cuento, que puede subvertir toda la estructura de la narración, así como que hay que ir directo a lo creativo, porque intentar ser intelectual con la escritura puede convertirse en un obstáculo en ese trasegar entre lo trágico, lo cómico y lo absurdo. 

Estudió comunicación de masas y sus cuentos son leídos en las escuelas de su país, pero no pierde ni un minuto al día con las redes sociales, alejándose de paso del espectáculo. Así que las 78 fotografías de la jornada se irán al correo electrónico de su editor por si quiere publicarlas y de paso conservar la memoria de esta charla en una tierra donde uno de los últimos que habló de Platón –aupado por su hermano filósofo autodidacta– estuvo a un ‘pelo’ de ser elegido presidente de Colombia, pero hace un año viajó al otro mundo.

A lo mejor algún día Palavós se anime a escribir un cuento sobre el monte mitológico consagrado a Apolo y las Musas, del que insospechadamente halló una referencia en estas bravas tierras de Santander: el barrio El Parnaso, fuente de inspiración de tantos barranqueños no con las tonadas de la lira que tocaba el dios adivino de las artes, la música, la poesía y la luz, pero sí acompasados por la caja, la guacharaca y el acordeón del realismo mágico. Nota: “Thank you so much” al profesor del Programa de Literatura de la Universidad UNAB, Leonardo Gil Gómez, y al traductor Juan Diego Villamil por hacer posible la conversión del inglés al español, sin la cual esta nota –en otras manos–, no hubiese tenido más escapatoria que pasarla por una de esas tantas herramientas modernas que intentan hacer el trabajo de los humanos.